Un Hipocampo


Pensabas algo.

Acallabas con el uso

de la sombra

el resplandor;

te ocultabas detrás

de la pecera brillante.


Tu vacío

tras la pecera

miraba las rocas huecas

y el cristal ondulado;

la voz perdida

(lo primero en hundirse)

crepitaba las grietas

invisibles

que asfixiaban

el ventanal roto.


Y yo podría nadar

entre los peces ornamentales,

ser uno de ellos.

Ser nadador lento y furtivo.

Tener memoria veloz,

olvidable,

oscura.

Sería

el que no recuerda nada

y lleva una

rigurosa dieta

de burbujas.


Entonces sería solo

la mitad de la agonía

pero el abrazo completo.

El recuerdo en la tos matutina.

Un oscuro deber antiguo

de todos los dioses aburridos.


Pero solo mirabas

la liquidez estática

de todo lo que se movía,

y yo me quedaba muy quieto,

oculto de la vista ruidosa.

Cubriendo con las manos

la totalidad aplastante

del agua que aún permanecía.


No hay más pecera.

No hay mirador acuático

de cordilleras dibujadas;

el cristal cayó hecho polvo,

tuve la nada

entre los dedos.


Mi memoria líquida

supo entonces

que sus paredes invisibles

le habían sido

embargadas

y aquí había quedado

todo lo demás.

04-03-24

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