Carta a Rodrigo (1)
Rodrigo:
Hermano. Máquina desconcertada. Reparador de cosas. Palabra tras palabra un eco
silencioso describe los tiempos que hemos recorrido.
En mi cabeza somos la infinidad
misma repartida en el universo. Ayer y hoy, que rondaste tu cuarto, la isla de
la hipérbole, sosteniendo tu propia duda sobre todas las dudas, te pensaba.
Pensaba en agradecimiento. Pensé en todo lo que hiciste por mí desde que te
conozco, estando y sin estar. Te amo, hermano mío, con la convicción de
contenerlo todo y ser la memoria del otro. Los ojos del otro. De manera en que
pocas cosas se conjugan como nuestra defensa invencible; tu cañón de futuro y
mi corazón en fuga. Esto que lees, oraciones conjugadas en favor a una suerte
de cartografía vuelta correspondencia, soy yo, hablando fuera del tiempo. Mi
voz te acompaña, te protege y te realza en los días sueltos que se hacen desear
y perseguir.
Nunca había deseado tanto la felicidad y serenidad para
alguien como lo hago para ti. Miro desde mi faro los trenes partir. Los miras
conmigo. Juntos somos los ojos del mundo. Los coleccionistas definitivos. Los
cirujanos del corazón extraviado. Los detectives nada salvajes. Somos esto que
nos pronuncia hoy. Pienso en Octavio paz y su pequeño poema Hermandad,
cuando dijo:
Soy hombre: duro
poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Todas las amistades del mundo son
la nuestra, hermano mío. Es la determinada suma de todas las alianzas
increíbles. Esto que somos juntos contiene multitudes. Esto que somos nos
protegerá del vacío inevitable de la soledad. Esto que soy, espíritu frágil,
angosto, cursi, es el amigo que tienes y te tiene.
No puedo evitar que caigas en la
locura, pero puedo arrojar una cuerda de mi valentía y obsequiarte eso, un poco
del valor encontrado que tengo. Somos todos los amigos, hermano mío. Nada más,
pero nada menos.
Te quiere, -Iram
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