Apuntes sobre la memoria (04/05/2025)
APUNTES SOBRE LA MEMORIA
Anoche le dije a alguien que cualquier detalle tiene el potencial de marcar la temporalidad y sus andanzas. Se lo dije mientras un buen amigo sufría un infarto en el hospital y yo intentaba tranquilizar las suposiciones hiperactivas que ofrece la ansiedad cuando está potenciada por el pánico. Las cosas mutan de forma inmensa y constante.
Escribo en el salón de clases, sabiendo que hoy por la tarde mi abuela Lupita va a dejar de respirar; lleva muriéndose de Alzheimer desde hace años. Hace unos días decidieron que la definición de dignidad era cerrar la válvula de oxígeno que suplía su respiración. Empezó a necesitarla cuando olvidó cómo inhalar y exhalar, justo después de que las acciones de digerir comida y comunicarse se desvanecieran en los ecos de la demencia.
La distancia que separa mi niñez de la vida de mi abuela abarca dos generaciones, una distante y la otra no tanto. Los recuerdos que tengo sobre ella son vagos y atienden a la mitología neblinosa que forma los primeros recuerdos almacenados en mi memoria. Esta niebla es justo lo que ha llevado a todos en mi familia a vivir temiéndole al olvido; tomamos frascos de píldoras repletas de minerales y otras vitaminas que ya no se encuentran en la comida de las tiendas, intentando prevenir el destino terrible de ver morir, de forma lenta y constante, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos. Esto mismo que tecleo es más un intento desesperado por recuperar de mi propia memoria las imágenes de mi abuela; solo quienes la miraron desvanecerse de cerca, día con día, tienen un retrato cercano a lo fidedigno.
La muerte de la memoria resulta ser también la muerte de la imaginación. La memoria como lo que es, la capacidad de inventar los acontecimientos cada vez que recordamos algo, se sostiene en la habilidad de invocar y elaborar una suerte de película cerebral que hile las sensaciones del momento pasado. El olvido más crudo, el que viene con la demencia, es el más definitivo y desolador; se olvida cómo sentir y desarrollar las sensaciones primarias que constituyen el tacto humano. La demencia lleva a olvidar la sensación de amar y ser amado, el anhelo, los miedos, el sentido del humor y la capacidad de asombro. Acaba con el concepto de familia, los cuidados cariñosos, la suavidad de las voces, la dureza de las consecuencias y todas las facetas del ser querido.
La memoria perdida hizo que mi abuela muriera sin tener noción de la existencia de ninguno de sus familiares o seres queridos; la muerte más solitaria posible. El olvido no permite ni que uno se tenga a sí mismo. Su lecho de muerte va a estar rodeado de seres extraños, indefinibles porque en ella el espacio que ocupa el concepto de ser humano está vacío y descompuesto desde hace mucho tiempo. Las despedidas no tocarán ninguna fibra sensible porque lo único que queda es una confusión ensordecedora, desesperada por comprenderlo todo desde un espacio breve de vacíos que se repite desde la superficie de la idea hasta la profundidad del sentimiento.
A pesar de todo, hubo un periodo de tiempo en el que la demencia trágica fue algo hermoso e irrepetible. Antes de la depuración de conceptos y cimientos del carácter, mi abuela Lupita pudo sentirlo todo por primera vez, todos los días. Toda la comida era novedosa y exquisita, a pesar de muchas veces repetir platillos, recetas e ingredientes. La frescura del agua aclaraba su garganta y los olores del mezquite norteño de los asadores atacaron su nariz por primera vez, cientos de miles de veces. Cuando un concepto se marchitaba, quedaba opacado por tres novedades antiguas que se repetían como detalles nuevos.
Esta infancia infinita se veía interrumpida por capítulos de pánico: frente a los espejos de su casa, por algún motivo más vieja y destartalada, le temía a la mujer que se aparecía y que no era la Lupita del presente, con sus ojos rasgados y sus cachetes redondos. No reconocía en el espejo la imagen extraña, venida del futuro, de su aspecto avejentado y deteriorado por la edad. Mi abuela envejeció mientras se hacía joven, olvidando sus vaivenes y andanzas. Olvidando también la figura de mi abuelo Isidro, la persona con la que escogió pasar su vida, que se le adelantó y dejó de respirar muchos años atrás. El hombre con el que aparecía en las fotos era un extraño, como lo fueron también sus hijos y nietos. El único recuerdo que mantengo claro sobre mi abuelo Isidro es muy distante: visitó mi casa cuando yo tenía tres años; él se quedaba dormido mientras le contaba un cuento improvisado con palillos de dientes y personajes de televisión.
Hoy Lupita murió lejos de casa, en un lugar nunca visto por sus ojos, a pesar de haberlo habitado los últimos diez años. Murió como si acabara de nacer y cada segundo de su vida y muerte fueran el génesis de algo nuevo.
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