El Remordimiento
Pienso en mis amigos. Escribo sobre ellos como si una metodología del afecto hubiera evaluado nuestra amistad y nos hubiera puesto la calificación máxima. Tengo pocos de estos amigos; están dispersos en el mundo pequeño, tan transformado. Tan visto e irreconocible.
Cuando era niño, papá quiso que
fuera amigo de un niño. Creo que se llamaba Carlos. Era más grande y robusto
que yo. En ese entonces yo era muy flaco y enfermizo. No hablaba con otros
niños. No recuerdo haber tenido nunca una conversación grupal. El jardín de
niños fue el preámbulo de una soledad congénita que rodea mi vida de adulto,
incluso ahora mismo.
Recuerdo a papá contándome cosas
de Carlos, invitándolo a que jugáramos juntos y cosas así. Curiosamente, no
recuerdo haberlo visto más allá de las veces que papá me insistía en que
fuéramos amigos. Lo que sí recuerdo es por qué Carlos nunca volvió a acercarse
a mí.
Caminábamos por un pasillo, a la
hora de la entrada del jardín de niños. Era un colegio pequeño; mientras
caminábamos al salón, algo pasó y nos detuvimos. Algo me dijo Carlos. Algo dijo
que ahora mismo está completamente perdido en el limbo de la memoria. Dijo algo
que provocó una rabieta terrible que me llevó a morderle el brazo con tal
fuerza que mis dientes se quedaron marcados en su brazo, cerca de su hombro.
Ahora que lo pienso, tal vez no
dijo nada. Fue un intento de establecer que no quería ser amigo de Carlos. La
ocurrencia empeoró mi situación en la escuela. Sin saber muy bien lo que estaba
pasando, un día aparecí en un jardín de niños distinto, más grande. Más poblado
por niños que, por suerte, no tenían la menor idea de mis antecedentes.
Recuerdo entonces a otro niño:
Omar. Pequeño, pálido. Con una cara similar a la de un ratón pequeño. Un ratón
que estaba muy, muy enojado por algún motivo que a todos se nos escapaba. Todo
se nos escapaba a los cinco años.
Las primeras horas en ese jardín
de niños comprendí que todos estábamos en calidad de personas atrapadas. Hablé
con otro niño, ese de nombre que no recuerdo. Se había orinado en los
pantalones y hablábamos, sin que yo me le acercara mucho, sobre la hora de
salida.
Salimos al recreo. Me topé a Omar
mientras me lavaba las manos en el baño, lejano de mi salón de clases. Omar me
vio un momento, percibiendo en mí un severo desconcierto, como si él supiera,
de algún modo, que ambos estábamos fuera de lugar. Entonces Omar, aún iracundo
y con una cara de hostilidad incontenible, me jaló hacia abajo y me mordió con
fuerza en el antebrazo.
Oportuno fue la palabra
que utilizó mamá cuando le conté. Irónico es la que utilizo ahora al
pensarlo desde acá: el instante ajeno a la mordida. Hace tiempo que no utilizo
los dientes como medida diplomática. Tal vez ese haya sido mi error
últimamente; la mordida hace que todo quede claro de sobremanera.
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